Más allá del silencio estás tú
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Más allá del silencio estás tú
Es frecuente que las personas que meditamos tengamos dificultades a la hora de intentar llegar al silencio manifestando la imposibilidad de llegar a él.
Los pensamientos son realmente alimentados desde nuestro interior, no pueden existir sin energía, sin sustento.
Es el hábito generado desde nuestro nacimiento de proyectar nuestra atención en la idea de yo generada y esta solo se sostiene en el pensamiento, ya que es completamente efímero y se sostiene únicamente porque nuestra atención persigue una identidad artificial y circunstancial.
En muchos casos se podría decir que si dejamos de pensar desaparece nuestra identidad o idea de yo, de ser algo reconocido primero por los demás y después aceptado por uno mismo como nuestra identidad.
¿Cómo hacer silencio sin desaparecer?
La respuesta directa y sencilla sería: lo que desaparece es el pensamiento de ser algo, para que quede lo que no necesita ser pensado.
Cuando algo nos llama la atención más que el hecho de pensar, entonces deja de fluir nuestra energía hacia la generación de pensamientos y ese objeto captura nuestra atención.
Podría ser el olor de una rosa, que aspiramos con plena a atención, ya que sabemos que su olor será muy agradable y esperamos ese refuerzo.
Utilizar una visualización de ese tipo, nos puede ayudar a comprender porque se generan los pensamientos. Son como un entretenimiento entre suceso y suceso, como un rellénate huecos vacíos en nuestro tiempo de vida.
Aun no pensando y disfrutando del olor de la rosa, vemos igualmente que es otra forma de pensar, de tener nuestra atención dedicada en algo externo.
De ese modo, podemos optar por un descubrimiento interesante, podemos dejar de prestar atención a cualquier distracción, ya sea pensar, mirar un amanecer, oler la rosa o cualquier otro, ya que pertenecen a la naturaleza exterior de la realidad física.
Si en vez de ello, llevamos esa atención, esa energía de reconocimiento al ser que existe en nosotros, nos encontraríamos de bruces con la realidad que somos.
Se encendería un reconocimiento inesperado, por incurable, pasaríamos a un estado de plenitud.
Quizás no seamos capaces de realizar ese hecho, quizás por falta de fe o de crédito en uno mismo, pero si es posible que tengamos un atisbo en nuestro interior que puede ser ya nuestro punto de atención para anclarnos en ello, para que sea algo que despierta nuestro interés en mayor medida que pensar, que viajar, que movernos, que oler una rosa.
Los pensamientos son en realidad acciones en nuestra mente. Podemos pararlos del mismos modo que nos quedamos quietos para meditar o dormir.
Un pensamiento puede llevar pareja una emoción, un acto, o no llevarlo en absoluto. Es muy interesante observar si nuestras experiencias se basan en pensamientos, en el acto de pensar, pues hasta las vivencias más inspiradas pueden experimentarse en el pensamiento, lo que las hace efímeras de hecho.
Lo que es común a toda la experiencia es la energía que utilizamos que procede desde nuestra fuente que está situada en el fondo del existir, nuestra base, nuestra Verdad.
Creemos que somos lo que pensamos, lo que hacemos, pero para todo ello necesitamos la energía del existir, la que nos aporta el Ser en el interior.
Puede ser muy interesante observar con atención cómo se genera la intención de realizar un acto, desde el impulso interior, generalmente impulsado por nuestro anhelo de perfeccionadores y de un mejor estado, hasta las acciones y movimientos que realizamos para conseguirlo.
Cuanto más largo es el recorrido desde el interior al acto exterior, más lejos estamos de lo real.
El ejemplo de querer manifestar aprecio y amor, nace desde nuestro interior real para irse desplazando hacia el exterior para poder manifestarlo a quien nos acompaña, buscamos las mejores palabras, la expresión corporal correcta, con la intención de que sea interpretado de ese modo por la otra persona.