Reconocer y mantener la sensación de Ser
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Reconocer y mantener la sensación de Ser
Hay ocasiones en que nos juntamos con muchas personas para compartir un evento y, que este alcanza un nivel de interiorización consciente notable que a su vez percibimos que se ha tratado de una experiencia colectiva.
Esa toma de consciencia interior, que se percibe como muy real, del mismo modo, se percibe que ha sido experimentada junto con los demás.
Estas experiencias nos muestran con claridad que se podría vivir de otra forma, basada en esta atención a nuestro interior y al ser interior de los demás.
No nos queda ninguna duda de que podríamos transitar una vida muy diferente a la habitual, basada en esa presencia reencontrada entre todos.
Si en esos momentos nos preguntamos ¿cómo quisiera vivir, si inmerso en lo humano o estar presentes desde el interior? Seguramente quisiéramos mantenernos en el hecho de ser una realidad interior, y lo que la vida podría llegar a ser, experimentada de esa forma.
No se trata de una forma de vida dónde siempre necesitamos alcanzar algo mejor o que nos falta, ya que descubrimos que todo ello lo hacemos porque no sentimos nuestro interior y lo pretendemos obtener fuera.
La sensación de sentirse dentro y saber que en nuestro interior tenemos lo que buscamos nos saca por completo de las inercias automáticas de la vida humana y nos procura satisfacción, relajo y tranquilidad y sobre todo, un entendimiento superior, muy por encima del trajín de la mente para solventar carencias.
Mientras estamos en esa lucidez, quisiéramos permanecer en ella y muy pronto nuestra memoria y nuestra mente identitaria nos indica, ¿cómo podría y mantener ese estado después, mañana o en adelante?
La vida cotidiana y toda la información que nos llega por tantos medios, cada vez más impactantes e intranquilizantes, nos sacan de ese estado automáticamente y volvemos a estar atrapados en la vorágine de la vida.
Vemos que la vida cada vez nos atrapa más, el miedo, la inseguridad, las crisis, las luchas hasta que nos demos cuenta de que todo ello, siempre estará, forma parte de la vida y pasará.
¿Por qué prestar tanta atención a algo externo que siempre pasa y que a su vez, nos impide sentir nuestro interior y vivir desde lo real y permanente?
Lo peor que nos puede pasar es la muerte y esta sucederá en su momento. ¿Por qué no amar cada momento en que vivimos como una experiencia irrepetible sin despistarnos en objetos externos?
Ese juego de perder nuestro contacto interior lo podemos observar detenidamente, ver como se produce y que es lo que atrapa nuestra atención y nos hace desplazarnos hacia los sucesos externos que activan las emociones, las memorias y los miedos.
Observando este proceso de desconectarnos y quedar atrapados vemos que hay una intervención directa por nuestra parte y es tan sencilla de reconocer, como de observar.
Uno mismos desplaza la atención, que antes estaba completamente en uno mismo, para trasladarla ascendiendo hasta nuestra cabeza generando pensamientos y elaborando planes y acciones.
Nuestra atención ha dejado de estar percibiéndonos directamente para trasladarse a la máquina de pensar.
Un suceso externo nos llega y es percibido, nuestra atención se dispara hacia el suceso, toda nuestra mente interpretativa, nuestras memorias relacionadas, todo es concentración hacia el suceso.
Cuando se trata de cuestiones mantenidas, como el miedo a la guerra, el desamor, etc, podemos estar atrapados en ese mar emocional, en esa preocupación o en esa dolencia durante mucho tiempo. “Tenemos toda la razón para ello”, pero, estamos capturados en esa situación y nuestro interior ha desaparecido. No tenemos el más mínimo control sobre ello y lo sostenemos como si fuese la única realidad.
Afortunadamente, ocurren nuevos sucesos que nos sacan de ese estado para meternos en otros, en una cadena interminable donde el factor común es: “no vivimos realmente, somos vividos”.